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¿Podemos adivinar el futuro?

Corazonadas, premoniciones, sueños inquietantes... Con más frecuencia de lo que pensamos nuestra mente capta las señales de un futuro que se aproxima inexorablemente.
¿Corresponde este porvenir a un plan diseñado por una inteligencia superior? ¿Lo creamos nosotros? ¿Es una entelequia que nos preocupa, pero que no existe realmente? ¿Podemos cambiarlo o somos simples títeres en manos del destino? Éstas y otras muchas cuestiones surgen de una pregunta sencilla, pero de importancia vital: ¿Podemos conocer nuestro futuro?
Artículo de Francisco Javier Arries publicado en el núm. 121 de Año/Cero

Es un acontecimiento cotidiano. Un grupo de estudiantes norteamericanos planea un viaje en avión a Francia. Su vida transcurre normalmente, pero una extraña y vaga sensación irrumpe de vez en cuando en su mundo. Uno de ellos se ve asaltado por oscuras intuiciones, presagios, signos que parecen querer comunicarle algo. Llega el gran día. Viaja hacia el aeropuerto y sube al avión; pero esa extraña sensación se hace cada vez más densa, más pesada. Cae en una especie de sueño. Las imágenes se suceden en su mente sin ningún control. El avión, el mismo avión en el que se encuentra, se incendia y estalla. El terror y la histeria se apoderan de él. Ésa es su salvación. Es expulsado del fatídico avión junto a otros compañeros. ¿Han escapado a su futuro? Así comienza el filme Destino Final, una trama que nos sitúa ante una de las más profundas inquietudes humanos. ¿Se puede atisbar el porvenir? Y en el supuesto de que así ocurra, ¿tenemos alguna posibilidad de cambiarlo?

Premonición, corazonadas, videncias... son diferentes nombres que empleamos para describir experiencias, más corrientes de lo que se piensa, en las que tenemos atisbos o impresiones del porvenir. La precognición es una vivencia espontánea mediante la cual el sujeto obtiene una sensación o información acerca de un acontecimiento futuro que no puede inferirse por los canales normales; es decir, un hecho imprevisible en el momento de producirse.

La premonición suma a estas características un matiz de advertencia acerca de un suceso que puede tener lugar en un tiempo más o menos cercano. La palabra profecía, que en su origen tenía un matiz religioso e implicaba a personas inspiradas por la divinidad, suele aplicarse a predicciones de acontecimientos futuros que afectan a las naciones o a sus dirigentes.

Las percepciones auténticas del porvenir no son hechos abstractos sino sucesos concretos llenos de detalles, que aparecen en la visión del sujeto como escenas más o menos vívidas y fragmentarias, ya sea durante el sueño o en la vigilia. Así, de los muchos casos recogidos poco antes de que estallara la II Guerra Mundial, la mayoría consistía en visiones de personas conocidas, o de los propios sujetos relacionados con hechos derivados del conflicto.

Existen diferentes formas en las que se manifiesta este fenómeno espontáneamente. Una de las investigadoras más prestigiosas del mismo, la doctora Louise Rhine, estableció una clasificación.

La llamada precognición intuitiva consiste en una idea o pensamiento, sin representación gráfica, que asalta la mente del sujeto. A esta categoría parecen pertenecer las típicas «corazonadas», como las que frecuentemente se atribuían al primer ministro británico Winston Churchill. En una ocasión, durante las II Guerra Mundial, este notable estadista ordenó al personal de la cocina que se dirigiera al refugio antiaéreo, y después volvió con sus invitados. Una orden aparentemente irracional, en medio de una importante cena con sus ministros. Tres minutos más tarde una bomba destruía la cocina. En otra ocasión, decidió no asistir a una demostración aérea. Hizo bien: un piloto abrió fuego por error sobre la tribuna que él debería haber ocupado. Hubo más de 20 muertos y 67 heridos.

El gran enemigo de Churchill, Adolf Hitler, parecía poseer también un desarrollado «sexto sentido». Durante la I Guerra Mundial, el entonces cabo Hitler tuvo una espantosa visión, mientras descansaba en una trinchera en el frente, en la cual se veía sepultado bajo toneladas de tierra y hierro. Llevado por un impulso inconsciente, se separó unos metros del grupo de soldados con quienes se hallaba y, contra toda lógica, se expuso al fuego cruzado, sin ninguna protección. De pronto, un obús cayó sobre el refugio, que se derrumbó aplastando a sus compañeros. Aquella aparente acción suicida le salvó la vida.

El líder de la OLP, Yasser Arafat, parece disponer de una intuición igual de poderosa. Un inesperado ataque aéreo, efectuado el 1 de octubre de 1985, pudo acabar con su vida de no haber mediado un repentino cambio de planes del jefe palestino. «Sólo mi sexto sentido me salvó», declaró poco después. Este tipo de «intuición» es muy frecuente entre los grandes líderes políticos.

Una sensación extraña, de carácter angustioso, fue experimentada por Isabel Pantoja el día de la muerte de su marido, el torero Francisco Rivera, «Paquirri».

Algo similar a lo que experimentó Concha Márquez Piquer, poco antes de la muerte accidental de su hija. En otros casos, en cambio, se trata de «precogniciones alucinatorias», durante las cuales el protagonista imagina o incluso tiene la sensación de experimentar vivamente una escena determinada. A una experiencia de este tipo parece aludir el popular escritor y especialista en derecho cinematográfico Fernando Vizcaíno Casas, que muestra una actitud abierta, pero a la vez crítica, hacia el fenómeno. Entrevistado por AÑO / CERO, nos contó el siguiente caso: «un cliente mío imaginó cómo determinada situación que estaba viviendo acababa en un inesperado pleito, y así sucedió. Parece una clara premonición de algo sin que haya previamente ninguna razón para que tenga que ocurrir».

Otro tipo de precogniciones se produce durante el sueño, y son las más frecuentes. Premoniciones de este tipo afirman haber tenido, por ejemplo, la cantante Ángela Carrasco y las actrices Lola Forner y Fedra Llorente. A este tipo se le denomina Precognición imaginaria, también llamada «no realista», que reviste la forma de una fantasía cargada de un simbolismo que la aproxima a la actividad onírica.

Aquí cabe incluir uno de los casos recogidos por la doctora Rhine, en el cual el protagonista soñó que intentaba alcanzar, sin éxito, a un bebé que se alejaba de él inexorablemente. Poco después, el bebé moría por efecto de una enfermedad que, cuando se produjo el sueño, todavía no se había pronosticado.

En la denominada precognición realista, en cambio, las escenas transcurren sin fantasías ni símbolos, poniendo al descubierto una trama verosímil. Tal es el caso de David Booth, estadounidense que durante diez noches consecutivas soñó que un avión de la American Airlines caía invertido y se estrellaba. La reiteración obsesiva de las imágenes le hizo comunicar su premonición al Laboratorio de Parapsicología de su Universidad. Al día siguiente de su última pesadilla, un DC-10 de esa compañía cayó, al revés, sobre el aeropuerto O'Hare de Chicago. Booth comentó más tarde que incluso podía sentir las llamas.

Este último caso posee, además, las pautas que distinguen a la mayoría de los sueños precognitivos. Suelen ser recurrentes, se repiten a menudo o conforman la trama de una serie; y son siempre de naturaleza muy realista.

A menudo el fenómeno parece ocultarse en otro tipo de experiencias, como ocurre en el dejá vu (ya visto). Son muchas las personas que han tenido esa curiosa sensación de haber visto o sentido antes la situación que están viviendo en ese momento. En la mayoría de los casos, se trata de recuerdos deformados por el tiempo o de imágenes oníricas que surgen de forma espontánea, dando una sensación de familiaridad con lo que está ocurriendo en ese instante.

Sin embargo, en algunos casos el sujeto es capaz de predecir, antes de que ocurra, lo que se va a decir o lo que va a suceder. En estas situaciones, no cabe hablar de recuerdo, sino de precognición, fenómeno al parecer muy frecuente, puesto que algunas encuestas señalan que, de cada 100 personas entrevistadas, en torno al 60% ha tenido experiencias de este tipo.

Pero, ¿existe alguna forma metódica de conocer el futuro? Eso es lo que pretenden las diferentes artes adivinatorias o mancias como la interpretación de las cartas del Tarot, la bola de cristal, la mano, o los posos del café. Algunos de sus practicantes aseguran que les permiten adivinar el porvenir mediante reglas más o menos definidas. Ahora bien, sea así o no, los pocos estudios realizados sobre este tema parecen indicar que el soporte físico de la mancia sirve para mantener distraída a la mente racional y facilitar la concentración de la mente intuitiva. La práctica del arte adivinatorio constituiría así una especie de catalizador o inductor que favorece la aparición del potencial psí del sujeto

Separando la paja del grano
Pese a que existe una amplia literatura sobre precognición, la mayoría de los casos han sido exagerados, cuando no manipulados abiertamente, o bien responden a recuerdos poco fiables, en los cuales se adapta inconscientemente el hecho a vagas sensaciones del pasado.

¿Qué hacer entonces para reconocer el auténtico fenómeno paranormal? Un buen método es seguir los criterios recomendados por un investigador, el parapsicólogo H. S. Saltmarsh. Primero, los vaticinios deben haber sido registrados de forma fiable antes de que se produzca el hecho anunciado; y tienen también que incluir suficientes detalles como para excluir la coincidencia o el azar. En segundo lugar, es necesario eliminar otras posibles explicaciones: telepatía, autosugestión, inferencia más o menos lógica, etcétera. En resumen, para saber si estarnos ante una falsa premonición, después de haberla anotado o comunicado, debemos hacernos las siguientes preguntas: ¿incluye suficientes detalles como para descartar la mera coincidencia fortuita?, ¿se tenía acceso más o menos consciente a algún tipo de información qué pudiera influir en lo que había de ocurrir?, ¿se ha provocado de alguna manera su cumplimiento? Aun cuando la cantidad de predicciones y profecías que deben desecharse por no cumplir alguno de estos requisitos es enorme, de los 349 casos recogidos por Saltmarsh, 183 se ajustaban a ellos.

Parece lógico deducir, por tanto, que no estamos ante hechos aislados, restringidos a determinados individuos, sino ante una facultad que todos poseemos en alguna medida. Sin embargo, hay estudios de los que parece deducirse que cierto tipo de personas son más proclives a convertirse en buenos sensitivos, en determinadas circunstancias. Los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por la doctora Schmeidler, por ejemplo, parecen indicar que, en general, las personas que obtienen mejores resultados en el laboratorio son aquellas que creen en la existencia de estos fenómenos. Los sujetos de personalidad extrovertida y los temperamentos competitivos se revelan también más sensitivos que los introvertidos.

¿Quién puede ver el futuro?
¿Y qué se siente cuando se tiene una experiencia precognitiva? Con frecuencia, la vivencia es definida como una especie de recuerdo, pero ¡del futuro!

¿Existe algún tipo de límite para la facultad precognitiva? Todo indica que sí, tanto temporales como espaciales. Las predicciones más fiables y detalladas son aquellas que afectan a hechos que tendrán lugar en un futuro inmediato, en un intervalo de pocas horas o días. Además, cuanto más cerca se encuentra la precognición del suceso más intensas son las emociones.

Así se deduce del estudio de las muchas predicciones recogidas acerca de la tragedia del pueblo minero de Aberfan, en 1966. Toneladas de escoria cayeron sobre la escuela local acabando con la vida de 128 niños. En días anteriores, docenas de personas que iban a estar implicadas en la tragedia y otras ajenas tuvieron sueños o presentimientos funestos en los que se mencionaban detalles aislados relacionados con la misma. Estas vivencias eran más vagas cuanto más alejadas estaban del momento en que sucedió.

No obstante, algunos casos escapan a esta pauta. Ciertos vaticinios muy precisos, aunque escasos, se han cumplido al cabo de años. Tal es el caso de Maurice Berteaux, el ministro de guerra francés a quien, cuando aún era muy joven y no se dedicaba a la política, una vidente le predijo que llegaría a convertirse en jefe del ejército y que moriría a causa de un «carro volador». Al cabo de 33 años, cuando parte de la predicción ya se había cumplido, murió en un accidente aéreo. Es de destacar que, cuando se hizo la predicción aún no existía la aviación.

El carácter trágico de estas experiencias nos plantea otra pregunta: ¿por qué las premoniciones sólo suelen tener que ver con desastres, accidentes, o situaciones trágicas? Esto no es así, pero como ocurre con las noticias diarias, esas predicciones dramáticas tienen mayor eco en prensa y libros. Además, éstas suelen girar en tomo a sucesos trascendentales, buenos o malos, en la vida de las personas involucradas. Incluso cuando se trata de «visiones» en apariencia triviales, se refieren a eventos poco comunes y forman parte de una serie de precogniciones de sucesos importantes o que responden a intereses más o menos inconscientes de quien las tiene.

Pese a contarse entre los fenómenos paranormales más frecuentes, éste es uno de los que más dificultades lógicas plantea. La actitud de los modernos investigadores, sin embargo, está cambiando, La respuesta a las paradojas que implica la existencia de la precognición parece residir en la naturaleza del tiempo. Pese al revolucionario descubrimiento de Einstein acerca de la relatividad, el concepto de tiempo absoluto de la física newtoniana sigue predominando en nuestra visión cotidiana del mundo; el sentido común nos dice que éste es uno y el mismo para todos. Pero la realidad es otra muy diferente. Según demostró la Teoría de la Relatividad, dos observadores diferentes medirán tiempos distintos para el mismo objeto, en función de la velocidad a la que ellos mismos se desplacen respecto de dicho objeto en movimiento. En resumen: la magnitud temporal depende de la situación de cada observador. Una consecuencia de este principio es la llamada «dilatación temporal»: que dos sucesos ocurran a la vez resulta un concepto relativo que depende del observador. Dos hechos que, para uno de ellos ocurren simultáneamente, para otro pueden tener lugar en instantes diferentes. Y ambos tienen razón.

También las leyes de la mecánica cuántica, hacen del sujeto un factor fundamental ¿Puede entonces la conciencia ser una variable a tener en cuenta? Según el físico Bernard d'Espagnet, «la doctrina de que el mundo está formado por objetos cuya existencia es independiente de la conciencia humana se halla en conflicto con la física cuántica y con hechos bien establecidos experimentalmente». Es decir, según los físicos, no puede decirse que un objeto existe efectivamente hasta que no es observado por alguien. Su naturaleza es sólo virtual hasta que la conciencia establece la conexión. 0 dicho de otra forma: no hay objeto sin sujeto.

Determinadas ecuaciones funcionan perfectamente bien cuando se invierte el signo de la variable temporal, de modo que un Universo en el cual los efectos fueran «anteriores» a las causas es matemáticamente posible, a pesar de que contradiga a nuestro sentido común, Uno se pregunta si ese Universo «al revés» no es una dimensión más de este mismo mundo y si su signo no depende también del observador, en determinadas circunstancias.

Éstas son ideas y conceptos bien arraigados en la ciencia moderna. Pese a que la lógica convencional nos diga lo contrario, según algunos de los más prestigiosos físicos, el futuro no es algo que aún no exista, ni el pasado algo que haya dejado de existir. También el famoso cosmólogo Fred Hoyle cree que nuestra conciencia puede ser informada, o nuestra conducta inducida inconscientemente, mediante señales cuánticas provenientes del porvenir. Más aún: este científico considera que éste es el mecanismo más probable por el cual la «superinteligencia cósmica» programa el presente desde lo que él denomina «el infinito futuro».

El Nóbel Ilya Prigogine, en su obra ¿Nada más que una ilusión? recoge la opinión de Albert Einstein, que en una carta dirigida a la familia del físico Besso, un científico amigo suyo fallecido poco tiempo antes, escribió: «Besso se me ha adelantado algo en dejar este extraño mundo. No tiene la menor importancia. Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre ayer, hoy y mañana, no es más que una ilusión». Y éste es el hombre que más profundamente comprendió la naturaleza de esa cuarta dimensión que denominamos tiempo.

En cualquier caso, ¿este futuro está, por así decirlo, «ya hecho», o su existencia es sólo virtual? Lo que nos lleva a otra gran pregunta: ¿determinismo o libre albedrío? ¿Somos títeres con un destino marcado o lo vamos forjando?

En la mayoría de los casos fiables conocidos de precognición, los hechos previstos no pudieron ser modificados. A menudo, una acción deliberada para evitar el peligro anunciado conduce precisamente al desenlace fatal de la misma. Así le ocurrió al naviero B. Morris, padre de uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Mientras navegaba, soñó que un trozo de metralla le arrebataba la vida. Al tomar tierra, se enteró de que su barco iba a ser saludado con un cañonazo. Intentó evitarlo por todos los medios y finalmente exigió que el cañonazo se efectuara cuando así lo indicase el capitán que le acompañaba durante el desembarco. Pero una mosca se posó en la nariz de, éste y los artilleros tomaron su gesto para apartarla como la señal de fuego. Una esquirla alcanzó accidentalmente a Morris, que moría muy pocos días después.

En cambio, en otros casos el conocimiento obtenido mediante la precognición parece haber evitado el hecho funesto. Uno de los recopilados por la doctora Rhine lo protagonizó una mujer que se despertó angustiada por un sueño en el cual vio cómo una araña del techo al desplomarse mataba a su hijo. Dos horas después, una tempestad hacía caer una lámpara sobre la cama del niño, pero ella ya lo había puesto a salvo.

Sin embargo, este tipo de sueños en los que puede intervenirse para cambiar el curso de los acontecimientos son muy escasos frente a los que parecen tener un desenlace inevitable. La cuestión parece resolverse de la misma forma que muchas otras cualidades aparentemente contradictorias de la Física moderna. ¿Es la luz onda o partícula? Ambas. ¿El mundo está hecho de materia o energía? Ambas. ¿La ley natural impone el determinismo o admite el libre albedrío? Ambos. Algunos sucesos de este Universo parecen predeterminados y nada puede cambiarlos. Otros, sin embargo, parecen depender de la voluntad. Hay fenómenos que claramente responden a una legalidad estricta, sin que esto excluya la existencia de otros que resultan azarosos y aleatorios. Es decir, el mundo dispone de un orden que incluye el caos. La clave puede residir en unas declaraciones hechas a AÑO / CERO por Ramiro Calle, uno de los mejores especialistas en metafísica oriental: «¿Hay o no destino? Esta pregunta se la he formulado a muchos de los grandes maestros. Todos me han contestado lo mismo: Hay y no hay... Indudablemente, muchas cosas nos vienen dadas; es lo que yo llamaría destino prefijado. Pero, sin salirse de ese devenir inmutable, cada uno puede ir variando su propio y particular futuro... La adivinación del porvenir, por llamarla así, sólo puede hacerse en base a ese orden prefijado que forma parte de un guión que puedes percibir. Dominar el futuro quizá pase por no obsesionarse con él y vivir correctamente el presente.

 
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